31 ene. 2017

Seguimos contando

SEGUIMOS CONTANDO

'Policía asesina a su ex pareja delante de sus hijos', 'Recluso asesina a su pareja durante visita carcelaria', 'Joven se encuentra internada luego de recibir tres disparos de su ex pareja en Lavalleja', 'Mujer de 25 años murió apuñalada por su pareja de 35, tras una discusión', 'Un hombre de 78 años asesina a su ex esposa de 73 años de un disparo en Rio Branco'.

Después de leer todo esto, ¿no te da bronca? ¿Seguís pensando que acá no pasa nada? ¿Que eso 'nunca me va a pasar a mi'? ¡Ya basta de naturalizar la violencia! No 'son cosas que pasan'. Son familias destruidas, derechos violados y vidas perdidas.


Y estas situaciones se van a seguir generando en la medida que no seamos conscientes del daño que nos estamos haciendo y continuemos siendo cómplices de la violencia machista. Esa cultura fuertemente instalada que te enseña -entre otras cosas- que 'si esa mina no es mía, no es de nadie', 'vos a mi no me vas a dejar', 'el que manda acá soy yo'.

El cambio empieza por uno. Cambiando la cabeza y eliminando los estúpidos prejuicios que nos enchufan todo el tiempo; educando a los niños y jóvenes. Siendo empáticos con el otro.

Si leer todos esos titulares no te generó nada y seguiste de largo en la pantallita de tu celular diciendo 'Ah, mirá, mataron a otra'... Querido/a, te invito a que revises tus valores porque Uruguay no somos todos solo cuando juega la Selección.

Cynara García

20 ene. 2017

Luchadoras revolucionarias. Análisis de las crónicas de Etchepare

LUCHADORAS REVOLUCIONARIAS. ANÁLISIS DE LAS CRÓNICAS DE ETCHEPARE

            La guerra civil española, un escenario bélico que llamó la atención de cientos de medios alrededor del mundo, concediéndoles la oportunidad a incontables periodistas –ingleses, norteamericanos y sudamericanos- de arribar a España e informar de primera mano lo que sucedía. Algunos lo hicieron desde el bando nacional y otros, como nuestro compatriota Alberto Etchepare, desde el republicano. Las experiencias fueron muy distintas.

Milicianas | Foto: El Imperio de Des

            Nuestro compatriota conoció varios sitios, enfrentó situaciones adversas y habló con incontables individuos. De todos ellos supo rescatar historias y plasmarlas con su pluma. Entre esas, surgen las de tres mujeres que, más allá de la individualidad, se manifiestan como la representación de tres conceptos: la pasión, la lucha y la libertad.


La Pasionaria
            El primer texto dedicado a una figura femenina en Don Quijote fusilado, es el titulado “Dolores Ibárruri, ‘La Pasionaria’, corazón y verbo de España republicana”. Una crónica que nos conduce a la entrevista que Etchepare le realizó a la dirigente comunista, destacada por su participación política en la II República y la guerra civil. Entrevista que desde el comienzo, contiene un tinte de lucha de parte del entrevistador.
            Ninguna de las crónicas están fechadas. Por lo tanto, no sabemos con exactitud en que momento Etchepare se encuentra con la Pasionaria. Durante el relato se observan detalles que podrían ayudarnos a contextualizar el encuentro, pero no los suficientes como para salir de la especulación. Lo que sí sabemos es que el encuentro tuvo lugar en Madrid, en la sede de la Secretaría del Partido Comunista.
            Desde el inicio de la crónica, Etchepare enaltece la figura de la Pasionaria. La describe como una “infatigable luchadora”, “auténtica mujer del pueblo”, “tocada por el dedo de Dios”; en resumen, una “mujer-profeta”. También menciona sus rasgos físicos, cálidos en la cotidiana –es decir, puramente femeninos- pero duros al momento de hablar de lucha: “Su voz se hace grave, se endurece, hablando de la traición: ‘Los hombres y mujeres de España preferimos morir de pie antes de vivir de rodillas’.”[1]

           
            Quien inicia la entrevista es la misma Pasionaria. Impulsa a Etchepare a comenzar, y este le pregunta como se había hecho revolucionaria. Si bien realiza un rápido repaso por su vida para argumentar, la frase más significativa es: “(…) me rebelé contra un régimen que se asentaba sobre nuestra esclavitud”.[2] Mujer e hija de minero, vivió toda su vida en la miseria; ella más que nadie podía hablar sobre la clase obrera y el sufrimiento que esta padece.
           
Dolores Ibarruri 'La Pasionaria'
A medida que Etchepare avanza en la charla, pone sobre la mesa el tema de la adaptación de la mujer en un sistema social avanzado y su rol en la guerra. La Pasionaria responde orgullosa y segura de que su adecuación es indudable: “(…) Por lo mismo que ha vivido más esclavizada está mejor preparada para todos los avances sociales.”[3] Sobre el rol en la guerra, ella destaca a sus camaradas en todos los aspectos, tanto en el frente como en la retaguardia pero se explaya en las labores tradicionalmente femeninas.
             Una entrevista que se mece entre dos de las clasificaciones existentes: de personalidad y de actualidad. Si bien Etchepare hace énfasis en las cualidades personales de la revolucionaria, no deja de lado las cuestiones informativas del enfrentamiento –el propósito de la ayuda fascista, duración de la guerra, las ideas comunistas, el rol de la Iglesia-, por ese motivo, su encasillamiento puede ser discutible.
            Etchepare no oculta su admiración por ella y la causa que representa. Si lo analizamos más fríamente, podríamos afirmar que a raíz de esa fascinación, sus preguntas carecen de cierta rigurosidad. Él la interroga y aborda las cuestiones más urgentes pero no ahonda más allá del discurso que, como todo político, suele pronunciar. Incluso, él se presta como mensajero: “¿Sabes que a través del océano hay millares y millares de seres que te admiran y te quieren sin conocerte? ¿Qué puedes decirme para ellos?”, “Dime unas palabras para los uruguayos…””[4]
            Siguiendo la misma línea, finaliza la entrevista preguntándole si desea agregar “alguna otra cosa”. Desde el punto de vista periodístico, no suele ser una forma apropiada de concluir. Puede denotar poca preparación para el encuentro, intento de extender el diálogo por falta de material o lo que resulta evidente en esta ocasión, la afiliación con las ideas del entrevistado.
            Él deseaba que la Pasionaria continuara hablando pero esta, como astuta mujer política, le pide que él diga las cosas por ella apelando a su conciencia y empatía: “(…) habla a toda América de lo que has visto en nuestro pueblo. Di la verdad, solamente la verdad sobre el carácter de nuestra lucha…”[5]

Lola, Trini o Maruja
            “(…) En las tenebrosas callejuelas del barrio chino de Barcelona, o en los cafés galantes de un Madrid ya muerto, ella fue reina propicia a todas las fragilidades. Muñequita de placer, fragante objeto del vicio, que se alquila y se olvida”, narra Etchepare en la segunda crónica titulada “Una mujer muerta en el frente español”.
            La historia de una mujer española que -como otras tantas- antes de unirse a la lucha del bando republicano era prostituta. La prostitución en esa época era moneda corriente, y como se menciona en el capítulo anterior, una de las tantas problemáticas que se pretendía combatir.
Desde el comienzo, Etchepare no menciona el nombre real de la chica. Sugiere algunos, como en un intento de recordarlo pero seguidamente, interpela al lector preguntándole si eso importa realmente. Lo significativo aquí es la historia, por eso la da a conocer. Representar la realidad de muchas a través de una. Recordemos que el lugar de la mujer era el hogar, no quedaban muchas más opciones.
Por lo que el periodista cuenta, no la conoció personalmente. Si bien cuenta al comienzo que es la primera vez que ve morir a una mujer en el frente, seguramente no tuvo la misma posibilidad de diálogo o cercanía que con la Pasionaria. Utiliza lo que colegas de la joven rumoreaban o sabían de ella para desarrollar su crónica: “(...) Nos dijeron su historia... Era una mujer de la vida. De la vida de esclavitud a que son condenadas por el regente del taller, que las empuja, y las celadoras de la moral, que las desprecian”.
Durante el desarrollo del relato, Etchepare toma como fecha clave el 19 de julio de 1936 –día que el pueblo español responde al golpe de estado militar- para explicar la rebeldía que embargó a la protagonista, llevándola a unirse a las filas republicanas. Aprovecha además, para verter en las líneas su opinión sobre los impulsores de la sublevación; se refiere a ellos como “señoritos”, “traidores”, “holgazanes hijos de papá” y “oficialitos de sangre azul”.[6]
“Y entre la multitud, en medio de otras mil mujeres del pueblo, iba Lola o Trinidad o Maruja. Con las armas que se quitó a los rebeldes, se improvisaron columnas que marcharon a Aragón, en busca de más enemigos. Hombres y mujeres”[7], narra el periodista. La muchacha quería luchar por esa España igualitaria, esa que asomaba en el horizonte y prometía sueños nuevos a las clases oprimidas.
Etchepare, recurriendo a sensibilidad del lector, va finalizando su relato con la verdadera razón que movilizaba a la joven: “(...) Intuyó el sentido de esta guerra y presintió su liberación. Quiso ayudar a la caída de una casta inmoral, que fomentaba y sostenía la prostitución como un mal necesario”[8]. Todo esto, se corresponde con lo que se ha venido mencionando anteriormente: la revolución femenina dentro de la revolución libertaria del proletariado.
Lo que Beevor menciona, refiriéndose a algunos de los objetivos que las asociaciones de mujeres perseguían, y parte del mensaje que propina “Libertarias” en el film, se resume muy bien en este conciso relato: el triunfo de una nueva generación de mujeres, la de verdaderas mujeres libres. Por eso Etchepare remata: “Y agarró una pistola y corrió con el pueblo a las barricadas de la libertad. Que era ‘su’ libertad.”[9]

Lina Odena
            La historia de una valiente barcelonesa se hace presente en Don Quijote fusilado: “La vida y la muerte ejemplares de Lina Odena”. Esta tercera crónica nos presenta a Paulina Odena García –más conocida por Lina-, una joven miliciana comunista de unos veinticinco años de edad que se convirtió en un ejemplo de lucha para los defensores de la República.
            Etchepare comienza su relato con la descripción de Lina; presenta el personaje y el contexto. Nos cuenta que a diferencia de la mayoría de las chicas de su edad, Lina se involucró en la cruda realidad desde pequeña. Abandonó el colegio para trabajar y ayudar a su familia. Eso cambió su perspectiva del mundo. No toleraba la injusticia. La clase obrera merecía mejores condiciones. Por este y otros tantos motivos, se convirtió en revolucionaria.
Paulina 'Lina' Odena García
            Además de enseñarnos parte de su vida, el periodista realiza un paralelismo entre ella y chicas adineradas, las “niñas bien”. Intenta despertar compasión en el lector describiendo la horrenda realidad de Lina y la desigualdad social existente entre una clase y otra: “(…) ¿No era ella una muchacha con iguales derechos a la vida que las demás mujeres españolas? Y cuando observó que no era la única, que tenía millares y millares de hermanas que, como ella, sufrían esa burla terrible de la sociedad (…) Lina Odena se hizo revolucionaria.”[10]
            Una breve crónica donde se nos permite visualizar la guerra desde la perspectiva femenina. Valiente y audaz. Una mujer que como muchas, no dudo nunca en empuñar un arma y defender la causa. Además, llegó a ser dirigente de las Juventudes Unificadas de España, un cargo de suma importancia en aquel momento.
            Pero desafortunadamente, su futuro se truncó. El 14 de setiembre de 1936, sería una fecha de enorme congoja para el Ejército Popular. Etchepare cuenta que la joven revolucionaria sufrió una emboscada mientras viajaba por la carretera desde Guadix a Iznalloz: “(…) Los moros querían capturarla viva. En la oscuridad brillaban los ojos de las fieras africanas que traía Franco para salvar España”[11]. La utilización de metáforas es frecuente en sus crónicas; pretende intensificar las descripciones para sacudir al lector.
            Al igual que los escoltas que la acompañaban, luchó por escapar de las garras de sus enemigos pero fue en vano. Sus camaradas murieron durante la balacera, y ella no se permitiría ser capturada. “Y con la última bala que tenía en su cargador se mató Lina Odena, la miliciana heroica, la juvenil luchadora revolucionaria”, sentenció.
            Etchepare utiliza adjetivos para referirse a Lina. La engrandece. No se priva de expresar su sentir en la crónica. La coloca en el lugar más alto y acusa: “Su imagen presidió los grandes actos populares, su vida se señala como un ejemplo, su muerte fue una lección para los traidores y para los cobardes”.
            Historias de luchas y reivindicaciones. De querer cambiar el mundo y evitar que gobierne el terror y la injusticia. De mujeres con temple de acero que lucharon igual o inclusive más que cualquier hombre. Lo demostraron, y estos valiosos testimonios son la prueba fehaciente de ello. Por eso, Etchepare concluye: “Lina Odena es toda ella un símbolo de la nueva conciencia femenina que está naciendo en el mundo, y de su sangre de heroína han hecho una bandera luminosa las juventudes españolas”.

Lo que la guerra nos dejó
“Ningún ser viviente puede dejar de colocarse al lado de una u otra clase tan pronto haya comprendido la relación mutua entre ellas; no puede dejar de alegrarse con el éxito de esa clase, ni dejar de sentir amargura por sus fracasos; no puede dejar de sentir indignación contra los que se manifiestas hostiles a ella”[12], explica Taufic citando al teórico y revolucionario ruso, Lenin. La reflexión más oportuna para interpretar el actuar de Alberto Etchepare. Periodista, pero antes que nada persona.
Informó, pero también se conmovió, luchó. En medio de todo eso, supo además madurar como comunicador y explotar al máximo sus capacidades. Frugoni lo menciona en el prólogo: “(...) fuese lo que fuere el Etchepare de la ida, éste de la vuelta de España es un narrador vivaz, plástico, emotivo, que comunica sus sensaciones con una precisión certera de verdadero dominador de su oficio.”[13] La crónica fue su arma por excelencia, y de ella sacó provecho hasta el final.
           
La guerra civil española dejó más de 500.000 muertos y cientos de exiliados. Y aunque hayan pasado ya ochenta años desde asalto, ese dolor aún no cesa. No solamente por lo que esta ocasionó durante su transcurso sino, por la derrota que sufrió el Ejército Popular y el castigo que ellos, y todo el pueblo español que supo defender a la ultrajada República soportó: humillación, torturas, violaciones, fusilamientos y desapariciones fueron los métodos utilizados.
Las mujeres fueron nuevamente reprimidas al hogar. La revolución femenina, al igual que la proletaria, fueron aplastadas. El régimen de Franco reivindicó los ideales de la derecha, impulsando entre otras acciones, la reeducación de todas ellas y su hijos.
Tal vez la ética periodística establece ciertos tipos de conducta pero, ante una causa moralmente injusta, los periodistas –así como también los intelectuales- comprenden que la pluma también es un arma valerosa. Etchepare lo supo desde el primer momento, y si bien no permaneció hasta el final del enfrentamiento, mientras estuvo, se nutrió de ella y relató todo lo que estuvo a su alcance.
        Como afirmó el ex-presidente de la Organización Internacional de Periodistas, Jean-Maurice Hermann: “para un periodista la libertad real es la que le garantiza la posibilidad no solamente de ejercer su profesión para ganar su vida; sino también la de cumplir su misión social. Él debe tener la posibilidad de informar honestamente, educar y distraer a sus lectores y expresar sus aspiraciones. Los límites de esta libertad deben corresponder, ante todo, a los que su propia conciencia le ordene observar, por respeto a su profesión y por devoción al interés general.”[14]

Cynara García 



[1] Alberto Etchepare. “Don Quijote fusilado”. Ediciones Aiape (1940)
[2] Ídem
[3] Ídem.
[4] Ídem.
[5] Ídem.
[6] Ídem.
[7] Ídem.
[8] Ídem.
[9] Ídem.
[10] Ídem.
[11] Ídem.
[12] Camilo Taufic. "Periodismo y lucha de clases". Ediciones Akal (2012)
[13] Alberto Etchepare. “Don Quijote fusilado”. Ediciones Aiape (1940)
[14] Camilo Taufic. "Periodismo y lucha de clases". Ediciones Akal (2012)

14 ene. 2017

La crónica. Entre literatura e información

LA CRÓNICA. ENTRE LITERATURA E INFORMACIÓN

      Los géneros periodísticos pueden ser clasificados de distintas maneras, todo dependerá del estudioso que decidamos abordar, pero básicamente existen dos tipos: informativos y de opinión. Conocer la diferencia es esencial puesto que le permitirá al periodista saber que tipo de material producir (noticia, reportaje, editorial, entrevista, etc.) y que fuentes consultar.


            Pero el caso de la crónica es distinto. Ella se sitúa en medio de esos dos extremos; no pertenece a uno ni a otro. Es una combinación entre informar e interpretar. Ni siquiera opinar, porque interpretar, va mucho más allá de la simple acción de decir lo que se piensa. Se trata de explicar, desde una visión personal, lo que sucede en determinado hecho noticioso.
El confidente del lector   
            En el caso del periodista uruguayo Alberto Etchepare, la guerra civil española es la indiscutible protagonista. Su pluma imprime en cada hoja que usa, los acontecimientos que vive a diario, y desde esa mirada, nos enseña el mundo. Él se introduce en las entrañas de la guerra y nos la muestra desde adentro. Le pone rostros, historias; elimina la masa y el anonimato de sus participantes para humanizar el conflicto.
            José Marques de Melo, periodista y docente brasilero, realizó un ensayo llamado “La crónica como género periodístico en la prensa luso-brasileña e hispano-americana: contrastes y confrontaciones” (1992) y durante su desarrollo, cita a destacados expertos del periodismo. Uno de ellos es José Luis Martínez Albertos y según él, el cronista es un “confidente del lector”[1].
            No existe una técnica exclusiva para desarrollar la crónica. Cada cronista tiene su impronta pero, en este tipo de textos suele ser habitual los títulos reveladores, el vocabulario rico y dinámico, uso de metáforas, las frases cortas y el párrafo poco extenso. Todos estos recursos son utilizados para reforzar la anécdota y tratar de contar más de lo que se dice.
            Si nos remontamos a sus orígenes, nos encontramos con la crónica histórica. Ella tenía la finalidad de “relatar personajes, escenarios y hechos a partir de la observación del propio narrador”, con la intención de preservar los hechos más allá del tiempo; crónicas de viajeros, soldados, catequistas en el descubrimiento de nuevas tierras son algunos ejemplos. Gracias a este tipo de documentos, es que se ha logrado rescatar episodios sumamente trascendentes de nuestra historia, permitiendo así, la reconstrucción y comprensión de nuestro pasado.
Mostrando el mundo
            Su esencia persiste pero, hoy día en la crónica periodística el orden de los hechos no tiene porque ser cronológico. Según se nos ha enseñado, el cronista puede partir de un hecho concreto, tal vez la exposición de cifras o números relevantes, o teniendo un anclaje. Esto significa contar desde el realismo; es una forma de lograr identidad con el otro mostrándole ese mundo. Pero, ¿cómo se logra? Traduciéndole al lector las imágenes en palabras. Él debe imaginar que está allí, pero sin ignorar la información que se le otorga.
            Etchepare utiliza el anclaje en sus cónicas, y además, suele introducir reflexiones, otra de las formas que tiene el periodista de sacudir al lector. Además, si recorremos los textos que componen “Don Quijote fusilado”, podremos ver que no suele ser dudativo; trasmite seriedad y seguridad en cada una de sus líneas. Evita la ambigüedad, uno de los tantos requisitos que deben poseer las producciones periodísticas.
            Por otra parte, si nos atrevemos a ser un poco más detallistas, podríamos mencionar que él falla en un aspecto: si bien uno comprende las ideas que expone, los párrafos no tienen una estructura uniforme y en ocasiones, no suele simplificar las frases. Es comprensible. No contaba con la comodidad ni la tranquilidad de una oficina para trabajar en sus crónicas. Incluso, él es conciente de los leves detalles que en ellas existen; según dice, es un libro de notas “mal hilvanadas y faltas de todo pulimento literario.”[2]
            A pesar de los tiempos y las circunstancias atravesadas, Etchepare logró algo mucho más importante que viajar a España y publicar un libro: desarrolló una madurez profesional indiscutible. Claramente que la intención no es menospreciar esos logros, todo lo contrario, desempeñarse como corresponsal de guerra fue el trampolín hacia algo más. Ya lo dice Frugoni: “(…) fuese lo que fuere el Etchepare de la ida, este de la vuelta de España es un narrador vivaz, plástico, emotivo, que comunica sus sensaciones con una precisión certera de verdadero dominador de su oficio (…)”[3]

Cynara García



[1] José Marques de Melo. “La crónica como género periodístico en la prensa luso-brasileña e hispano-americana: contrastes y confrontaciones” (1992).
[2] Alberto Etchepare. “Don Quijote fusilado”. Ediciones Aiape (1940)
[3] Ídem

3 ene. 2017

¡No pasarán! El rol de las mujeres españolas en la guerra civil

¡NO PASARÁN! EL ROL DE LAS MUJERES ESPAÑOLAS EN LA GUERRA CIVIL

          La participación de las mujeres en ámbitos exclusivos para hombres comienza a gestarse unos años antes del estallido de la guerra civil española. Luego de un largo período de sometimiento impartido por la monarquía, y a pesar de los avances y retrocesos en materia legislativa, con la II República las mujeres españolas adquieren derechos y garantías que anteriormente no tenían. Se propone reformar estructuralmente a España y acabar con los beneficios que poseía el régimen anterior y la Iglesia.

Mujer en la guerra civil española | Foto: Inma Espinosa

          No resulta menor mencionar que la situación cultural de las mujeres españolas era alarmante. Según Beevor, en 1930 “todavía se registraba el 44,4% de mujeres analfabetas” siendo alrededor del “60% en 1900.”[1] Indiscutiblemente esa realidad iba mejorando pero, si leemos entre líneas, no existía intención alguna de permitirles otra realidad que no fuera ser amas de casa. La educación, la política y el trabajo eran cosas de hombres. 


Primer paso

Más allá de las reivindicaciones femeninas alcanzadas, una de las más significativas fue el derecho al sufragio aprobado en 1931. No solo supone la posibilidad de expresarse, elegir y ser elegidas, denota la capacidad de ser reconocidas como ciudadanas, como personas. Federica Montseny, Margarita Nelken, Victoria Kent, Clara Campoamor y Dolores Ibárruri fueron algunas de las más destacadas e influyentes de la época.
       Cabe recordar que todo este raudo proceso de empoderamiento de las mujeres no se acompasaba con la mentalidad de la época. Las clases conservadoras no veían con buenos ojos las reformas legislativas de la izquierda. Por tal motivo, comenzaron a contrarrestarla con la misma táctica: alentando a las mujeres de derecha a la actividad política, propagando sus ideales y reivindicando la vieja moral y las buenas costumbres. Uno de los grupos más grupos más fuertes, fue la Falange Femenina.
        Como se explica en Asalto a la República, con el estallido de la guerra civil, los españoles salieron a las calles a defender la democracia.  Hombres y mujeres por el igual. Consecuencia de esta vorágine, surgieron las milicias y grupos de acción mixtos. Un ejército popular dispuesto a luchar a puño limpio si fuese necesario; una nueva España estaba naciendo y no permitirían que los traidores de la Patria se saliesen con la suya.

Obstáculos 
Desafortunadamente, las cosas no salieron como pensaron. Con el diario del lunes es sencillo encontrar los aciertos y los errores de un hecho pero, en este caso, el ejército popular tuvo varios puntos débiles. Uno de ellos, era la ausencia de militarización, la cual fue aprovechada por el bando sublevado para desarrollar su táctica de desgaste y ataque. Burgos, Sevilla y Ferrol estaban tomadas por los nacionales, y desde allí, conquistar Valencia, Barcelona y Madrid fuertemente custodiadas por los republicanos, era el golpe final.
         Otro asunto que les jugó en contra, fue la falta de acoplamiento entre sí. Recordemos que el Frente Popular estaba compuesto por grupos izquierdistas radicales que en un enorme esfuerzo, lograron unirse para vencer a la derecha en las elecciones nacionales de 1936. Pero al momento de batallar, los ideales y las formas de combate distaban entre sí y eso ocasionó discordia entre las filas. Los comandantes y políticos del mismo bando discrepaban, y las milicias comenzaron a cuestionarse si debían seguir o no las órdenes de sus superiores.
         Y en medio de tanta desavenencia, las mujeres también supieron de dificultades. Embarazos y enfermedades venéreas fueron algunos de los problemas que enfrentaron, sin mencionar las represalias que tomaba el ejército nacional –integrado además por el ejército africano y marroquí- al capturarlas durante los enfrentamientos. Todo esto generó enorme inquietud en el ejército popular, ya intranquilo por el afanoso contexto que estaba atravesando. Es así que se resolvió enviar a las mujeres a la retaguardia y quitarlas del campo de batalla.

La misma canción       
Muchas entendieron esa decisión como un “cuento” más del machismo; que por ser mujeres, sus mejores tareas serían lavar, planchar y coser ropa. El mismo sitio les fue adjudicado a las mujeres del bando nacional. Además de esas tareas tradicionalmente femeninas, se les confirió las de propaganda y “misiones educativas” en toda España. Entiéndase con esto que, el mensaje que se estaba inculcando ya no era fascista sino “nacionalcatólico”.[2]
          Las organizaciones femeninas comienzan a tomar otro sentido. Algunas de ellas fueron la Unión de Muchachas en Madrid, Mujeres Libres en Cataluña y Asociación de mujeres antifascistas, siendo esta última encabezada por Dolores Ibárruri, más conocida como la “Pasionaria”. Beevor explica que cada una de ellas se planteó un objetivo puntual.
         Las mujeres de Madrid lucharán por la “defensa de la ciudad” –la cual es sitiada durante tres años- y por la “emancipación de las mujeres”; las anarquistas de Cataluña “organizan la retaguardia” y “militarán contra la prostitución”; y la Pasionaria, junto a las mujeres de AMA, “organiza en las fábricas tanto a comunistas como a no comunistas”, incentivando además a la “ayuda internacional.”[3] A pesar del dictamen, hubo muchas que se negaron a abandonar sus puestos de combate. 

Milicianas | Foto: pinterest.com

“Nuestra revolución”
“Libertarias”,  una novela de Antonio Rabinad llevada al cine por el director español Vicente Aranda en 1996, muestra de manera excepcional las vivencias de un grupo de milicianas anarquistas durante el desarrollo de la guerra, hasta su llegada al frente del Ebro. Las temáticas que Beevor menciona, así como las que se vienen abordando a lo largo de este texto, se pueden contemplar sin ningún tipo de dificultad en la película.
         Las mujeres republicanas no solo combatían por la revolución social y libertaria que el proletariado impulsaba sino que, paralelamente, luchaban por imponer su propia revolución: romper con el ideal de mujer ignorante y sumisa que se les inculcó por años. En la película, esta posición queda a la vista cuando en una reunión de Mujeres Libres, Pilar Sánchez –interpretada por la actriz y cantante Ana Belén- le contesta a una dirigente anarquista que pretendía convencerlas de retirarse del frente y “luchar” desde la retaguardia:

“Parece que estemos locas porque queremos ir al frente. Pues yo te lo voy a decir bien claro, ¡óyelo! No entendemos porque la revolución tiene que correr a cargo de la mitad de la población solamente. Somos anarquistas, somos libertarias, pero también somos mujeres y queremos hacer nuestra revolución. No queremos que nos la hagan ellos. No queremos que la lucha se organice a la medida del elemento masculino porque si dejamos que sea así, estaremos como siempre: ¡jodidas! Queremos pegar tiros para poder exigir nuestra parte a la hora del reparto y sobre todo, queremos dejar bien claro que en estos momentos, el corazón no nos cabe en el pecho y sería un desatino quedarnos en casa haciendo calcetas. ¡Queremos morir, pero queremos morir como hombres, no vivir como criadas!”[4]

Cynara García


[1] Anthony Beevor. “La guerra civil española”. Editorial Crítica (2005)
[2] Anthony Beevor. “La guerra civil española”. Editorial Crítica (2005)
[3] Anthony Beevor. “La guerra civil española”. Editorial Crítica (2005)
[4] Antonio Rabinad, Vicente Aranda. “Libertarias”. (1996)

24 sep. 2016

Alberto Etchepare, un periodista comprometido

ALBERTO ETCHEPARE, UN PERIODISTA COMPROMETIDO

            “El hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta”, aseguró hace mucho tiempo el famoso novelista inglés, Charles Dickens. Muy apropiadas resultan sus palabras si buscamos la manera de comprender lo que significó la guerra civil española en la vida personal, pero sobre todo profesional del periodista uruguayo, Alberto Etchepare.
          
Alberto Etchepare | Foto: www.autoresdeluruguay.uy
   
          Un joven montevideano que, para 1936, se encontraba trabajando en el diario “Uruguay” esperando una oportunidad que le permitiera demostrar todo su potencial, sin desmerecer obviamente, su brillante capacidad para el humor periodístico según relatan testimonios de la época. Pero eso no sería suficiente para el curioso y tenaz Etchepare.

Oportunidad dantesca
            Según cuenta el Dr. Emilio Frugoni en el prólogo del libro “Don Quijote fusilado” (1940), esa ocasión le llegaría al muchacho cuando en la redacción del diario se daba a conocer la noticia de que en España se había desatado la guerra civil. Mientras muchos no salían del asombro –explica-, el joven periodista se ofreció rápidamente a viajar y desempeñar desde allí, el rol de corresponsal de guerra.
            “Me voy a ver que ocurre en España y relataré lo que vea”[2], exclamó decidido Etchepare. Pero conforme a las palabras de Frugoni entendemos que, el interés del joven no recaía únicamente en lo periodístico: “(…) se propuso trasladarse al sitio de los sucesos para relatarlos como corresponsal, pero también para vivirlos con su alma inquieta y encendida en el fervor de los ideales que la República Española encarnaba”[3].
             Alberto Etchepare nunca ocultó su posicionamiento político. A fin con las ideas comunistas, realizó desde el comienzo su cobertura desde el bando republicano y a través de esa óptica, mostró la realidad que cientos de españoles estaban viviendo. “Tuvo la oportunidad dantesca, para ser más hombre de su tiempo, de asomarse al cráter de aquel volcán y de recorrer aquel infierno.”[4]
            Fue el único periodista uruguayo en territorio español. Ningún otro colega fue capaz de semejante iniciativa. No es una decisión sencilla pero seguramente, la excusa de la edad, la familia y las agencias internacionales de noticias le sirvió a más de uno para esquivar la aterradora situación de estar en un campo de batalla. La diferencia radica en que el joven periodista, estaba dispuesto a eso y mucho más. Ya lo explica Frugoni: “(…) sirviendo con la pluma, y también si cuadraba con el fusil, la causa del gran protagonista de ese drama, que era el heroico amor del pueblo a sus derechos y a su dignidad”[5].
            Con lo mencionado hasta el momento, se podría poner en tela de juicio su trabajo y actuación como profesional pero, es preciso remarcar que este utilizó la crónica como herramienta y quien se sirve de ella, goza de una libertad que el resto de los géneros periodísticos no ofrecen. Es un híbrido; una atractiva mezcla entre información e interpretación. Por esa razón, el célebre precepto de la objetividad no tiene cabida en esta categoría.
            Lo significativo aquí es, como el autor nos transmite la esencia de los acontecimientos. La manera en la que logra transportarnos hasta el lugar de los hechos, haciéndonos estremecer con cada descripción, con cada palabra. Para ello, debe acercarse lo suficiente y captar con todos sus sentidos lo que ocurre. No se trata de arrojar datos u estadísticas, se trata de movilizar al lector.
Informar significa dirigir 
            Camilo Taufic, destacado periodista e investigador chileno, aporta una perspectiva diferente sobre el rol del periodista que vale la pena atender. En su libro "Periodismo y lucha de clases" (1973), él afirma que este individuo no solo es "testigo de su época", sino que también es "actor de ella". Se atreve a catalogarlo como un "político en acción" dada su intervención en la conducción de la sociedad.
            El periodista tal vez no sea completamente consciente de ese papel, pero no es novedad que quienes utilizan los medios de comunicación pretenden influir de una u otra forma en las masas: "(…) es un político activo, aunque su especialidad recaiga en un campo aparentemente 'no político' del quehacer social (…) No se limita a reflejar la realidad; actúa sobre ella, contribuye a dirigirla hacia uno u otro fin, sea por acción u omisión, diciendo o callando; consciente o inconsciente."[6]
            Etchepare dice, y dice mucho. En todos sus textos –tanto libros como artículos periodísticos- luchó siempre por reivindicar los valores democráticos. Si regresamos rápidamente a “Don Quijote fusilado”, podremos ver como el propio periodista uruguayo se circunscribe a ese concepto explicando, a continuación del prólogo, una de las razones que lo motivó a publicar el libro: “(…) el considerar que sigue vivo y palpitante el problema de España y que nuestras páginas conservan una actualidad combativa en su condición de modestos documentos.”[7]
Periodista comprometido
Él no duda ni un momento en acusar a los responsables. Según expone, el pueblo español fue “vendido y sacrificado por la burguesía de todos los países”. No olvidemos que en este conflicto también participó Alemania e Italia como cómplices del bando nacional, liderado posteriormente por el general Francisco Franco. Al verlo con perspectiva, era una guerra entre un enorme ejército y un grupo de entusiastas y valientes milicianos. La ventaja era descomunal.
No cabe duda que se corresponde con el perfil que detalla Taufic, incluso cuando este distingue entre periodistas “libres” y “comprometidos”. Según explica el investigador chileno, los comprometidos no tienen temor de demostrar su compromiso con las clases pobres, mientras que los otros, se declaran libres para “velar sus vínculos con los intereses capitalistas.”[8]
            El periodista uruguayo se comprometió con los republicanos de todas las maneras posibles: desde la pluma y el fusil, hasta la económica. El objetivo de “Don Quijote fusilado” -además de evitar que el problema sea olvidado tan rápidamente- era ayudar a los refugiados españoles con el dinero que se recaudase de las ventas. Si en el campo de batalla no quedaba nada más por hacer, procuraría extender el combate a otros ámbitos. Como dice Roland Barthes: “La escritura está entonces encargada de unir con un solo trazo la realidad de los actos y la idealidad de los fines”.[9]

Cynara García

Sobre el periodista
            Alberto Etchepare (1911-1966) viajó a España a unos meses de iniciada la guerra civil española (1936-1939) y se desempeñó como corresponsal del diario “Uruguay” –para el cual trabajaba- y luego del diario “El País”.
            Dada la extensa duración del enfrentamiento, más de una veintena de crónicas fueron publicadas entre ambos medios. Ya de vuelta en su país, y siendo consciente de la magnitud del hecho que conmocionó a Europa y América Latina, Etchepare se propone realizar una compilación de todas ellas y publicarlas. De esa iniciativa, surgió el libro “Don Quijote Fusilado” (1940).
            A través de sus líneas, el periodista logra mostrar y trasmitirles a sus lectores –tanto inmediatos como posteriores- lo que sucedía en la vieja patria, pero más que nada, en el bando republicano. Utiliza la crónica como herramienta y mediante ella, además de informar, pretende despertar la sensibilidad y rebeldía de sus compatriotas.



[1] Charles Dickens. Wikiquote - https://es.wikiquote.org/wiki/Charles_Dickens
[2] Alberto Etchepare. “Don Quijote fusilado”. Ediciones Aiape (1940)
[3] Ídem.
[4] Ídem.
[5] Ídem.
[6] Camilo Taufic. "Periodismo y lucha de clases". Ediciones Akal (2012)
[7] Alberto Etchepare. “Don Quijote fusilado”. Ediciones Aiape (1940)
[8] Camilo Taufic. "Periodismo y lucha de clases". Ediciones Akal (2012)
[9] Roland Barthes. “El grado cero de la escritura”.  15ª. Edición. Siglo veintiuno editores.