El maestro que grita verdades


EL MAESTRO QUE GRITA VERDADES

Ensayo de la crónica “La isla de Trujillo” del periodista Julio Castro.

Julio Castro  |  Foto: Fundación Zelmar Michelini
“Yo no puedo, ni debo, ni sé tampoco hacer un análisis exhaustivo del problema de cómo viven ‘los de abajo’ en los países latino americanos. (…) Solo diré lo que he visto, sin tiempo y documentación a mano para hacer más. Pero las personas que me hacen el honor y que tendrán la paciencia de escucharme, seguramente al final convendrán conmigo en que las cosas dichas aquí alcanzan y sobran para formarse una idea de cuál es la situación social que existe en los países latino americanos”. Así comenzaba su ponencia en la Asociación de Bancarios del Uruguay, el maestro y periodista uruguayo Julio Castro (1908 – 1977).
“Como viven ‘los de abajo’ en los países de América Latina” (1949) es un libro que reúne las dos conferencias brindadas por Castro el 20 y 27 de octubre de 1948 en el Salón de Actos de esa institución, luego de su largo viaje por Sudamérica. En el compendio, se dividen las conferencias en dos categorías: “La Situación Económico-Social” y “La Situación Política”. En la primera, intenta describir los hechos que percibe desde un enfoque sociológico, antropológico y cultural. Mientras que en la segunda, profundiza en la historia política de los distintos países. En el comienzo de la conferencia, antes de introducirse completamente en las problemáticas, Castro explica que “los de abajo” es una expresión que utiliza, siguiendo la línea del novelista mexicano Mariano Azuela (1873 – 1952), para referirse a las clases más pobres.

Por su ajetreada labor –de educador, sindicalista y periodista- tuvo la posibilidad de viajar en reiteradas oportunidades por América Latina, adquiriendo así un amplio conocimiento de sus pueblos. Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Honduras, Guatemala y México son algunos de los protagonistas de sus crónicas. En ellas denuncia dictaduras, rebeliones, pobreza, masacres, analfabetismo, atraso tecnológico, desigualdad extrema, discriminación. Castro no se priva el sentir. El dolor se percibe en sus detalles.

“La Isla de Trujillo” es uno de los relatos ubicados en la segunda conferencia. La situación política de República Dominicana se hizo presente en el salón. Castro aclara que en ésta última oportunidad, no estuvo en ese país pero si en su viaje anterior (1946) y por eso, siente el deber de mencionarlo. No analiza las circunstancias actuales del territorio sino que su enfoque se detiene en el presidente de ese entonces, el dictador Rafael Leónidas Trujillo (1891 – 1961).

“En Santo Domingo hay un Presidente –de algún modo hay que llamarlo- que es el típico representante del dictador, digamos, centroamericano, del Caribe o de muchos países latinoamericanos. Se llama –y él se llama a sí mismo- doctor y generalísimo don Rafael Leónidas Trujillo y Molinas”. Así lo presenta Castro. Desde el comienzo deja claro a que tipo de personaje se va a referir; utiliza la adjetivación calificativa y manifiesta su oposición al régimen dictatorial que éste preside.

Rafael Leónidas Trujillo  |  Foto: thecubanhistory.com
Realiza una breve reseña del ascenso y permanencia de Trujillo en el poder y menciona los títulos honoríficos que el Estado le otorgó, entre ellos, “Benemérito de la Patria” y “Jefe de las Fuerzas de Mar y Tierra”. Continuando con el desarrollo, utiliza el monumento “La Paz de Trujillo” –obra construida en su honor- como excusa para mencionar la “Masacre del Perejil” (1937): “(…) La ‘Paz de Trujillo’ es esto: todos los años venían haitianos –que están al otro lado, en la misma isla- a trabajar como braceros en las cosechas de azúcar, dentro del territorio dominicano. Trujillo tenía necesidad de hacer algún gran acto napoleónico para rodearse de una aureola de personaje y exaltar especialmente –cosa que hacen tantos dictadores americanos- el sentimiento nacional, y entonces, cuando vinieron los haitianos a trabajar, los tomó en número de ocho mil y los hizo asesinar (…)”.

Castro critica duramente a Trujillo. No utiliza lenguaje poético. Cita hechos y opina sobre ellos. De modo gradual y constante, va despojando al dictador de su falso traje de Salvador. “Se decoró esto como una invasión, a pesar de que desde hacía muchos años venían en tiempos de cosecha los haitianos, se hizo una matanza y se levantó el monumento al ‘Benefactor de Santo Domingo’”, concluyó.

En ésta crónica el enfoque antropológico, sociológico y cultural no se manifiesta. Interpela al auditorio buscando una explicación para este fenómeno: “Ahora, terminando ya esta fugaz reseña de lugares y hechos, cabe hacerse una pregunta: ¿Y por qué es que esta gente se ha mantenido así en el poder? ¿Alguna fuerza misteriosa u oculta hace que esos pueblos oprimidos, sojuzgados, sigan permitiendo la existencia de tales dictadores?”. Castro tenía las respuestas y estaban a la vista: esas fuerzas son la “vocación de tiranos” que poseen los dictadores y la más “discreta pero más efectiva”, el Departamento de Estado de los Estados Unidos.

Trujillo gobernó durante 31 años. Lo hizo de forma directa (1930-1938 y 1942-1952) y también indirecta (1938-1942 y 1952-1961) a través de presidentes “títeres”. La historia la denomina como la “Era de Trujillo” y es catalogada como una de las tiranías más violentas y sangrientas de América Latina. Toda oposición contraria al gobierno era reprimida. Los derechos humanos fueron violados constantemente y las libertades civiles suprimidas. Torturas y asesinatos. “El Jefe” gobernó de la mano del miedo y la fuerza.

El vínculo entre la dictadura de Trujillo y los Estados Unidos denunciada por Castro, se remonta a los comienzos del dictador en la política. Éste hizo carrera militar en la Guardia Nacional -cuerpo creado por Estados Unidos durante la primera ocupación al país en 1916- y siendo destacado por sus superiores como “virtuoso”, logró alcanzar altos mandos dentro de ella. En 1930, estalló una revuelta contra el presidente Horacio Vázquez. Trujillo, Teniente Coronel de las fuerzas de Vázquez, recibió la órden de detener la rebelión pero “El Jefe” resultó ser uno de los ideólogos. Vázquez decide renunciar y Trujillo, meses después, obtiene la presidencia del país.

Estados Unidos apoyó y colaboró con las dictaduras de Latinoamérica; un ejemplo de ello es el Plan Cóndor. Una operación de “coordinación de acciones y mutuo apoyo” entre los regímenes dictatoriales de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay llevado a cabo en las décadas de los 70 y 80. La CIA, además de organizar, suministró equipos y técnicas de tortura a los militares de los gobiernos sudamericanos. Implicaba el seguimiento, vigilancia, detención, interrogatorios con torturas, traslados entre países, desaparición y muerte de personas considerados “subversivas” al gobierno por pertenecer a movimientos de la izquierda política y/o no compatible con los gobiernos dictatoriales.

Así como tantos luchadores a favor de la democracia y los derechos humanos de su pueblo, terminó Julio Castro. Sin empuñar un arma. Sin alterar violentamente el órden. Sólo con su pluma certera y su incuestionable sabiduría hizo temblar al enemigo. No podían permitirle tal atropello. Por esa razón, sin más, el 1° de agosto de 1977 desaparece. Treinta y cuatro años después, se conoce la verdad: Castro fue detenido, torturado y asesinado en una prisión clandestina de Montevideo. Tenía 68 años. Sus restos fueron hallados en una fosa del Batallón de Infantería Paracaidista Nº14. Según los estudios forenses, la causa de su muerte fue un balazo en la cabeza.

Lo decía Arno Fabbri al presentarlo en la conferencia de 1948: “La política de gritar verdades es el signo de Julio Castro”. Y así fue. Las dijo. Sus ideas progresistas y su pensamiento crítico eran una amenaza para los tiranos, y por más que intentaron, no lograron callarlo. Su legado fue y será enorme: “El andar del tiempo hacia la liberación de los pueblos es constante y es, además, irreversible.” (Julio Castro).

Cynara García

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